La revolución no es la Inteligencia Artificial. Es la conciencia humana (2 parte)
6. La escuela del futuro no necesita más tecnología. Necesita más conciencia.
Hace años, el psiquiatra chileno Claudio Naranjo pronunció una frase que, cuanto más tiempo pasa, más verdadera me parece:
"Estamos educando para competir, no para despertar la conciencia."
Durante mucho tiempo pensé que era una crítica al sistema educativo.
Hoy creo que era también una invitación.
La misión más importante de la escuela nunca fue llenar cabezas de información.
Fue ayudar a despertar seres humanos.
Y esa diferencia cambia completamente la manera de entender la educación.
La Inteligencia Artificial podrá resolver ecuaciones.
Traducir idiomas.
Corregir textos.
Diseñar proyectos.
Incluso acompañarnos en muchas tareas cotidianas.
Ojalá.
Eso nos permitirá dedicar más tiempo a aquello que ninguna máquina puede hacer por nosotros.
Mirar.
Escuchar.
Comprender.
Crear.
Cuidar.
Educar.
7. La calma también es una forma de inteligencia
Aquí es donde siento que el Método C.A.L.M.A. conecta profundamente con este momento histórico.
Con frecuencia asociamos la calma con descansar.
Con bajar el ritmo.
Con hacer respiraciones cuando estamos estresados.
Pero la calma es mucho más revolucionaria que eso.
Stephen Porges, con su Teoría Polivagal, Daniel Siegel, con sus investigaciones sobre integración cerebral, o Gabor Maté, desde la comprensión del trauma, coinciden en una idea esencial.
Un sistema nervioso que se siente seguro recupera la capacidad de explorar, aprender, crear, empatizar y pensar con amplitud.
En cambio, un sistema nervioso atrapado en la amenaza busca respuestas rápidas.
Busca culpables.
Busca bandos.
Busca certezas.
Y aquí aparece una intuición que cada día siento con más fuerza.
Quizá el mayor desafío educativo del siglo XXI no sea enseñar a utilizar la Inteligencia Artificial.
Quizá sea enseñar a regular el sistema nervioso de nuestros alumnos... y el nuestro.
Porque un niño o niña que vive permanentemente en alerta difícilmente podrá desarrollar un pensamiento profundo.
Y un docente agotado difícilmente podrá despertar la curiosidad de otros.
Cada vez estoy más convencida de que la regulación emocional no es solo una herramienta para sentirnos mejor.
Es una competencia para vivir mejor.
Y también para pensar mejor.
8. Educar ya no será transmitir conocimientos. Será formar criterio.
Paulo Freire decía que educar no consiste en llenar recipientes vacíos, sino en ayudar a las personas a leer el mundo.
Quizá hoy habría añadido una frase más.
"...y también a leer los algoritmos."
Porque el gran problema nunca será que una Inteligencia Artificial responda.
El problema aparecerá el día que dejemos de preguntarnos si esa respuesta merece ser cuestionada.
La buena educación nunca produce obediencia ciega.
Produce libertad interior.
Produce discernimiento.
Produce ciudadanos capaces de sostener una conversación sin necesidad de destruir al que piensa diferente.
Y eso empieza mucho antes que la universidad.
Empieza en Infantil.
Cuando enseñamos a un niño o niña a escuchar.
A esperar su turno.
A ponerse en el lugar del otro.
A tolerar la frustración.
A descubrir que tener una duda no es un fracaso.
Es el principio del aprendizaje.
9. Mi deseo para el próximo curso
No sé cómo serán las aulas dentro de veinte años.
Quizá cada alumno/a tenga un tutor de Inteligencia Artificial.
Quizá los exámenes desaparezcan.
Quizá las gafas de realidad aumentada sustituyan a muchos libros.
Quizá incluso ChatGPT termine preparando mejores programaciones didácticas que nosotros.
Y, sinceramente...
¡bendito sea!
Porque eso significará que podremos dedicar menos tiempo al papeleo y más tiempo a las personas.
Lo único que espero es que nunca desaparezca algo mucho más importante.
Ese instante en el que una maestra se agacha para mirar a un niño a los ojos y le pregunta:
—¿Y tú qué piensas?
No para comprobar si ha memorizado la respuesta correcta.
Sino para descubrir cómo está construyendo su propia mirada del mundo.
Porque educar nunca fue fabricar personas que saben muchas cosas.
Educar siempre fue acompañar a alguien para que descubra quién puede llegar a ser.
10. La revolución que realmente importa
Después de leer aquellos dos artículos comprendí que, en realidad, ninguno hablaba solo de Inteligencia Artificial.
Hablaban de nosotros, los seres humanos.
De cómo gestionamos el conocimiento.
Los datos.
El poder.
La tecnología.
Y, sobre todo, de cómo vamos a educar a las próximas generaciones para convivir con todo ello sin perder lo más valioso que poseemos: nuestra capacidad de pensar, de sentir y de elegir con libertad.
No creo que el futuro pertenezca a quienes tengan la Inteligencia Artificial más potente.
Creo que pertenecerá a quienes conserven algo mucho más difícil de programar.
La capacidad de detenerse antes de reaccionar.
De escuchar antes de responder.
De pensar antes de compartir.
De cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos.
Y de seguir haciéndose preguntas incluso cuando una pantalla parece tener respuestas para todo.
Como docente, esa es la revolución que realmente me ilusiona.
No enseñar a mis alumnos/as a competir con una máquina.
Sería una batalla absurda.
Nunca le ganaré a una Inteligencia Artificial escribiendo más rápido.
Y sospecho que tampoco conseguiré que disfrute contemplando un atardecer mientras se come un espeto de sardinas con las manos.
(Aunque, con la velocidad a la que avanza esto… tampoco me atrevo ya a asegurarlo del todo).
Lo que sí sé es que ninguna tecnología puede emocionarse cuando una niña descubre algo por primera vez.
Ningún algoritmo experimentará ese nudo en la garganta que sentimos los docentes cuando un alumno, después de muchos intentos, consigue leer su primera frase, superar un miedo o descubrir un talento que ni él mismo sabía que tenía.
Porque educar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos.
Educar siempre ha sido acompañar el despertar de una conciencia.
No pretendo enseñar a pensar como yo.
Pretendo ayudar a que cada persona aprenda a pensar por sí misma, con un sistema nervioso en calma, un corazón abierto y una conciencia despierta.
Esa es, al menos, la brújula que guía mi trabajo y el espíritu del Método C.A.L.M.A.
Quizá algún día una Inteligencia Artificial escriba artículos mejores que este.
Mucho mejores, seguramente.
Y, sinceramente, no me quitaría el sueño.
Porque escribir nunca ha sido lo importante.
Lo importante siempre ha sido despertar preguntas.
Si al terminar estas líneas has sentido el impulso de mirar la tecnología con más curiosidad que miedo, con más criterio que ingenuidad y con más conciencia que prisa, entonces este rato habrá merecido la pena.
Y ahora sí…
Te dejo con una única pregunta para este verano.
Mientras la Inteligencia Artificial aprende cada día a responder mejor…
¿Qué estás haciendo tú para formular preguntas más profundas?
La calidad de nuestro futuro no depende únicamente de la inteligencia de las máquinas.
Más bien, de la conciencia con la que decidamos utilizarlas.
Y si después de darle una vuelta a esta pregunta decides cerrar el ordenador, preparar un buen gazpacho, compartir unos espetos con quienes quieres o simplemente contemplar el mar sin hacer absolutamente nada… tampoco será una mala decisión.
Al fin y al cabo, algunas de las mejores ideas de la historia nunca nacieron delante de una pantalla.
Nacieron en una conversación tranquila, en un paseo sin prisa o en el silencio de una mente que, por fin, había encontrado la calma.
Y sospecho que esa seguirá siendo, durante mucho tiempo, la inteligencia más valiosa de todas.
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