La revolución no es la Inteligencia Artificial. Es la conciencia humana (1 parte)
"No me preocupa que las máquinas aprendan a pensar. Me preocuparía mucho más que las personas dejaran de hacerlo."
1. Entre el gazpacho, los espetos... y dos artículos que no me dejaron descansar...
Hay personas que en verano consiguen el milagro de desconectar totalmente.
Las admiro profundamente.
Yo lo intento cada año.
Me preparo un buen gazpacho bien fresquito, sueño con esos espetos de sardinas a la orilla del mar que saben a infancia y a Málaga, me prometo que voy a leer una novela ligera... y, sin saber muy bien cómo, termino leyendo un artículo sobre Inteligencia Artificial.
Supongo que es deformación profesional.
O quizá simplemente curiosidad (es cierto que soy una insaciable curiosa)
Después de más de treinta años dedicada a la educación y a la psicología, he descubierto que las preguntas realmente importantes nunca entienden de vacaciones.
Esta semana llegaron hasta mí dos artículos que, aparentemente, hablaban de asuntos completamente diferentes.
Uno trataba sobre Inteligencia Artificial.
El otro, sobre protección de datos en las escuelas.
Los leí con el mismo interés con el que uno contempla el mar en silencio: sabiendo que, si mira con suficiente atención, siempre descubre algo que antes había pasado desapercibido.
Cuando terminé de leerlos, me ocurrió algo curioso.
No pensé en ChatGPT.
No pensé en Microsoft.
Ni siquiera pensé en la tecnología.
Pensé en nuestros alumnos y alumnas.
Pensé en los docentes.
Y pensé en una palabra que, curiosamente, apenas aparecía en ninguno de los dos artículos.
Conciencia.
¿Y si la gran revolución de nuestro tiempo no fuera la tecnológica?
¿Y si es algo profundamente humano?
2. Dos noticias. Una misma pregunta incómoda.
La primera noticia fue publicada por The Washington Post el pasado 24 de junio de 2026 con un título tan provocador como sugerente:
"Are AI chatbots like ChatGPT politically biased? We tested them."
("¿Tienen sesgo político los chatbots de Inteligencia Artificial como ChatGPT? Los hemos puesto a prueba.")
Los periodistas realizaron un experimento sencillo, pero muy revelador.
Plantearon cientos de preguntas sobre política, actualidad y cuestiones sociales a diferentes modelos de Inteligencia Artificial desarrollados por distintas compañías.
Su objetivo no era demostrar una teoría preconcebida, sino observar si todos respondían de forma semejante o si existían diferencias significativas entre ellos.
La conclusión fue mucho más matizada de lo que algunos titulares posteriores hicieron creer.
Lo que muestra es algo que los investigadores llevan años explicando:
los grandes modelos de lenguaje pueden ofrecer respuestas diferentes según los datos con los que han sido entrenados, las decisiones tomadas durante su desarrollo y los criterios con los que posteriormente han sido alineados.
En otras palabras.
La Inteligencia Artificial tampoco nace en una campana de cristal, aséptica y neutral.
También tiene una historia.
Un contexto.
Y, sobre todo, decisiones humanas detrás.
¿Ysi quien controla el algoritmo no solo decide las respuestas, sino que acaba decidiendo las preguntas que una sociedad deja de hacerse?
La segunda noticia apareció pocos días después en El País con otro titular que me obligó a detener la lectura durante unos minutos:
"Andalucía entrega a Microsoft los datos de medio millón de alumnos menores."
Protección de Datos sanciona a la Junta por quebrar la intimidad de 525.000 estudiantes, 74.000 profesores y mil centros escolares
https://share.google/U24SKpQaoilUbUMYX

El artículo explicaba que el Consejo de Transparencia y Protección de Datos de Andalucía había cuestionado el procedimiento seguido por la Junta de Andalucía para implantar determinadas herramientas educativas de Microsoft 365 en los centros públicos, al considerar que podían existir deficiencias en las garantías exigidas por la normativa europea sobre protección de datos personales.
Será la justicia y las instituciones competentes quienes determinen finalmente el alcance jurídico de este asunto.
Pero, más allá del recorrido legal, la noticia abre una reflexión que considero imprescindible para cualquier docente.
Nuestros alumnos y alumnas ya no solo generan aprendizajes.
Generan datos.
Cada ejercicio realizado en una plataforma digital.
Cada interacción.
Cada evaluación.
Cada dificultad detectada.
Cada progreso.
Cada clic.
Todo ello construye un inmenso mapa sobre cómo aprenden nuestros más pequeños/as.
Y ese mapa posee hoy un valor enorme.
Educativo.
Científico.
Tecnológico.
Y también económico.
Mientras leía ambas noticias tuve la extraña sensación de que el debate público se estaba centrando en los algoritmos, las empresas tecnológicas y las decisiones políticas.
Sin embargo, la pregunta que no dejaba de resonar dentro de mí era otra completamente distinta.
No era:
¿Puede pensar la Inteligencia Artificial? ¿Nos está manipulando?
Era mucho más incómoda.
¿Estamos educando seres humanos con la suficiente conciencia para convivir con una tecnología cada vez más poderosa sin renunciar a su libertad interior?
Porque sospecho que ahí comienza el verdadero desafío educativo del siglo XXI.
Y, quizá también, la mayor oportunidad que hemos tenido nunca para replantearnos qué significa realmente educar.
3. La pregunta equivocada
Desde que apareció la Inteligencia Artificial, casi todas las conversaciones giran alrededor de las mismas preguntas.
¿Llegará a pensar como un ser humano?
¿Destruirá millones de empleos?
¿Podrá sustituir al profesorado?
¿Será más inteligente que nosotros?
Confieso que esas preguntas me interesan.
Pero no me inquietan especialmente.
Hay otra que me parece mucho más urgente.
¿Seguimos ejercitando nosotros la capacidad de pensar?
Porque una calculadora nunca hizo desaparecer las matemáticas.
Un GPS no eliminó el sentido de la orientación.
Internet tampoco acabó con las bibliotecas.
Pero todas esas herramientas modificaron la forma en que utilizábamos determinadas capacidades.
Y eso también está ocurriendo ahora.
La Inteligencia Artificial puede escribir un correo magnífico.
Puede resumir un libro en treinta segundos.
Puede diseñar una programación didáctica o proponer veinte actividades para trabajar las emociones en el aula.
La pregunta no es si puede hacerlo.
La pregunta es qué ocurre con nosotros cuando dejamos de hacer ese esfuerzo.
No porque sea obligatorio hacerlo todo "a la antigua".
Sino porque el cerebro funciona como cualquier otro órgano del cuerpo.
Aquello que entrenamos se fortalece.
Aquello que dejamos de utilizar acaba debilitándose.
Y esto no es una opinión.
Es neurociencia.
4. Un cerebro cansado no busca la verdad. Busca respuestas rápidas.
Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía, explicó magistralmente que nuestro cerebro dispone de dos formas principales de procesar la realidad.
Una rápida, automática e intuitiva.
Otra lenta, reflexiva y deliberada.
La primera nos permite reaccionar en cuestión de segundos.
La segunda nos permite comprender.
Pensar críticamente.
Contrastar información.
Reconocer nuestros propios sesgos.
El problema es que pensar profundamente consume mucha energía.
Nuestro cerebro representa apenas el 2 % del peso corporal y, sin embargo, utiliza alrededor del 20 % de toda la energía que consumimos.
Por eso intenta ahorrar esfuerzo siempre que puede.
Busca atajos.
Confía en aquello que parece convincente.
Acepta respuestas rápidas.
Y aquí la Inteligencia Artificial aparece como una tentación maravillosa.
Nos ofrece respuestas inmediatas.
Bien redactadas.
Ordenadas.
Con apariencia de autoridad.
Justo lo que nuestro cerebro agradece cuando está cansado.
Pero una respuesta rápida no siempre es una respuesta verdadera.
Ni una respuesta elegante garantiza una comprensión profunda.
Como docentes conocemos bien esta diferencia.
Un alumno puede memorizar una definición perfecta... sin haber comprendido absolutamente nada.
Con la Inteligencia Artificial puede ocurrir algo parecido.
Podemos obtener respuestas extraordinarias...
sin haber formulado nunca una buena pregunta.
Y quizá ahí resida el mayor riesgo.
No en la herramienta.
Sino en el uso automático que hagamos de ella.
5. Pensar requiere algo más que inteligencia
Aquí es donde descubrí una idea que transformó completamente mi forma de entender la educación.
Durante muchos años creí que enseñar pensamiento crítico consistía simplemente en enseñar a razonar mejor.
Hoy creo que antes hay otra condición indispensable.
Necesitamos un sistema nervioso capaz de sostener el pensamiento.
Stephen Porges, creador de la Teoría Polivagal, explica que cuando nuestro organismo vive en un estado permanente de amenaza, el cerebro prioriza sobrevivir antes que comprender.
Tiene todo el sentido.
Si nuestros antepasados hubieran dedicado varios minutos a reflexionar filosóficamente sobre si aquel ruido entre los arbustos era un león o solo el viento...
probablemente no estaríamos hoy aquí leyendo este artículo.
Nuestro cerebro evolucionó para reaccionar primero.
Pensar después.
El problema es que muchas personas viven hoy como si el león siguiera escondido detrás de cada arbusto.
Solo que el león ahora tiene forma de prisa.
De sobrecarga.
De burocracia.
De redes sociales.
De exceso de información.
De notificaciones constantes.
Y un cerebro agotado hace exactamente lo que cualquier cerebro agotado lleva haciendo miles de años.
Busca respuestas simples para problemas complejos.
Por eso cada vez estoy más convencida de que la regulación emocional no es únicamente una cuestión de bienestar.
Es una cuestión educativa.
Incluso democrática.
Porque una persona regulada puede escuchar argumentos diferentes sin sentirse amenazada.
Puede cambiar de opinión cuando aparecen mejores evidencias.
Puede convivir con la incertidumbre sin necesidad de convertir cada conversación en una batalla.
En cambio, una persona permanentemente activada necesita certezas.
Necesita tener razón.
Necesita responder antes de comprender.
Y eso, en un mundo gobernado por algoritmos capaces de responder en segundos, debería hacernos reflexionar profundamente.
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