La vida está plena de simbología...y en Navidad tambien.

 


 

El rol del docente ha cambiado radicalmente.
Hoy no solo enseñamos contenidos:
sostenemos emociones, respondemos a exigencias administrativas constantes, acompañamos a niños/as y familias sobre-estimuladas por un mundo acelerado y digital.

Esta carga genera estrés, ansiedad y, en muchos casos, burnout.
Aparece una dolorosa desconexión entre el propósito profundo de nuestra vocación y el día a día.
Por eso urge una mirada integral, que no separe pedagogía de sentido, ni educación de humanidad.

Buscando ese equilibrio, elijo las palabras con cuidado.
Porque las palabras crean mundos.

“Había una vez una palabra
redonda, entera, brillante.
Adentro de la palabra estaba el mundo.
Y en el mundo estábamos nosotros,
diciéndonos palabras.”

Graciela Montes

¿Y si miramos las imágenes navideñas no como decorado, sino como arquetipos?

La Navidad no llega por casualidad en este tiempo de diciembre.

Llega cuando el frío aprieta, cuando la oscuridad parece ganar terreno, cuando el cansancio del año pesa en los cuerpos.

Llega para recordarnos que la luz no irrumpe: nace.

 

 

Porque a nuestro alrededor, los símbolos nos hablan.

El abeto, siempre verde, nos recuerda la fidelidad a la vida incluso cuando todo parece estéril.
El muérdago, que crece sin tocar tierra, nos habla de lo invisible, de lo que se sostiene sin raíces aparentes.
La flor de pascua, roja como la sangre, nos recuerda que la vida pulsa incluso en el invierno.
Las velas, humildes y frágiles, no compiten con la oscuridad: la habitan.

El solsticio de invierno no celebra la victoria de la luz, sino su promesa.



A partir de esa noche, casi imperceptiblemente, los días comienzan a crecer.

La luz regresa sin ruido

Nada de esto es decoración.


Son lenguajes simbólicos que todos intuimos su significado.

Como escribe Rainer Maria Rilke:

“Vive ahora las preguntas.
Quizá, sin darte cuenta,
vivas algún día dentro de las respuestas.”

En muchas tradiciones de pueblos antiguos de todo el mundo, el solsticio de invierno era el día más importante del año.

No era una fecha decorativa.
Era una noche de espera… y de fe.

La noche más larga del año traía consigo un temor profundo:
¿y si el sol no vuelve?
¿y si la luz desaparece para siempre?

Por eso las personas se reunían.
Encendían fuegos.
Velas.
Cantaban.
Velaban juntas la oscuridad.

Y, año tras año, al amanecer, los primeros rayos del sol regresaban.


La humanidad aprendió algo esencial:
la luz siempre vuelve.



De ahí que este día se convirtiera en símbolo del nacimiento de un nuevo sol… y, por extensión, del nacimiento de una nueva identidad.

 

 

No porque algo mágico ocurriera fuera,
sino porque algo profundamente humano ocurría dentro.


Pensemos también en el nacimiento del niño —del Niño— que aparece envuelto en luz, ángeles y promesas… pero también en peligro.

Porque todo nacimiento auténtico amenaza algo viejo.

Ahí aparece Herodes: el rey que teme perder su trono.
El ego siempre teme ser desplazado por el yo verdadero.

El nacimiento del niño interior pone en jaque lo que creíamos seguro.

En nuestro interior se libra esa misma batalla:

¿permitimos que algo nuevo nazca…
o defendemos a toda costa lo que ya conocemos?

José huye.
Sale de su tierra.
Se desinstala.

No para negar el pasado, sino para salvar lo esencial.

Se lleva consigo al niño y a la madre:

tradición y renovación,
memoria y futuro,
raíces y creatividad.

Ese éxodo es profundamente simbólico.

Porque si no introducimos pequeños éxodos en nuestra vida, algo en nosotros se marchita.

Preferimos quedarnos donde estamos:
“no estoy tan mal”,
“ya no soy tan joven”,
“mejor no mover nada”.

Pero la vida no tolera el estancamiento.

Cuando no nos movemos por dentro, algo muere.

No es fácil ser fiel a la propia voz.
Ser diferente incomoda.
Nadar contra corriente cansa.
A veces nos llaman raros, intensos o ingenuos.

Pero no es que nos alejemos:
es que entramos en otra esfera.
Leemos otros libros.
Buscamos otros silencios.
Elegimos otras conversaciones.
Y poco a poco… empezamos a ser.

Jesús de Nazaret, como tantos otros, fue visto como un fracasado.
Cambiar el fundamento de una sociedad siempre tiene un precio.
El héroe nunca nace sin amenaza.

Lo mismo ocurre con nosotros.
Hay muchos “Herodes” —externos e internos— que intentan silenciar nuestra singularidad, distraernos, convencernos de que no merece la pena.

Pero aquí estamos.
En el umbral de 2026.
En el corazón del invierno.
Con una luz pequeña, pero real, encendida dentro.

El reto sigue siendo el mismo:
ser fieles a nuestra voz interior
en un mundo que prefiere lo homogéneo, lo rápido y lo superficial.

Que este nuevo año no sea solo una suma de días,
sino un regreso a lo esencial.

Un año para cuidar esa chispa.


En nosotros.


Y en quienes acompañamos.

✨ A brillar y resplandecer.

Piensa diferente, cuidate diferente, educa diferente. 

María José, transformando docentes. 

 


 

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